1. La crisis del concepto de materia. Las investigaciones de la física contemporánea han
revelado que la estructura de lo real-visible es tan heterogénea y compleja,
que es irreductible a una sola forma de realidad (más bien homogénea), que es
lo que se intentaba designar con el nombre de “materia”. Pues, además de las
partículas clásicamente conocidas, hay “redes de interacciones mutuas... campos
de fuerza... el marco global del espacio-tiempo... y se siguen descubriendo no
sólo nuevas partículas, sino nuevos tipos de fuerzas, aparentemente
irreductibles a las hasta ahora conocidas”.[1]
Las definiciones de materia que se han
pretendido sostener en la actualidad, son bastante poco sólidas: “materia es
todo lo que tiene cualquiera de las propiedades que la ciencia atribuye a las
cosas” (M. A. Quintanilla), que es más o menos
como decir: “materia es lo que
los científicos dicen que es materia”. O, también, “materia... es aquello que
por su estructura puede ser conocido y, por lo mismo, también puede permanecer
oculto” (C. F. von Weizsäcker).[2]
“En definitiva, los ingredientes últimos de
lo real son mutuamente irreductibles y deja de ser pertinente englobarlos a
todos en la denominación única de materia”.[3]
“No es extraño, pues, que en el límite se
haya llegado a decir que los componentes últimos de la realidad física son entidades espirituales
(Whitehead). Sin ir tan lejos, Heisenberg estima que las partículas de la
física moderna tienen un cierto parecido con las ideas de la filosofía
platónica o las formas del aristotelismo...[4] Es
decir, lo más exquisitamente físico sería... un entramado de formas matemáticas
puras”.[5]
2. ¿Qué había antes del big bang? Los modelos de universo que propone la física
contemporánea tienen en común el afirmar que el universo tuvo un comienzo.[6]
Por tanto, “en el instante inmediatamente anterior al big bang no hay universo; no existe el objeto de la ciencia física;
ésta no puede, por consiguiente, entender lo que es ajeno a su jurisdicción”.
“De dónde pudo haber provenido la bola cuya explosión dio origen al universo...
es una cuestión que trasciende los límites de la ciencia... pertenece a la metafísica y a la teología”.[7]
3. El azar no es una teoría lógica,
para describir el desarrollo del universo y de la vida. En los puntos anteriores vimos que la ciencia actual
ni sabe qué cosa es la materia (ni siquiera usa ya el concepto), ni sabe cuál
es el origen del universo. Ahora veremos que la teoría del azar tampoco sirve
para explicar el desarrollo de todo
esto (que no saben qué es, ni cómo empezó).
Entre los científicos se plantea el dilema
“¿Azar o finalidad?”.[8] Si
uno se inclina por la teoría del azar, estaría diciendo que todo lo que existe
es fruto de una serie de casualidades. Si uno opta por la teoría de la
finalidad, es porque percibe que una serie de casualidades no explica ni el
orden, ni la perfección del universo y de la vida. En este caso, detrás de la
evolución, se vislumbraría una Mente Poderosa que dirige la evolución de una
manera inteligente, hacia la realización de obras cada vez más perfectas.
Muchos científicos rechazan la teoría del
azar por ser insuficiente. B. Rensch cita literalmente a Voltaire: “el azar no
es nada”. Bertalanffy dice que recurrir a la teoría del azar no es hacer
“ciencia objetivamente fundada” sino “metafísica preconcebida”. Skolimowski
sostiene que las fases más significativas de la evolución “exhiben modelos de
cohesión e integridad que no pueden ser atribuidos al mero azar”. Jacob se
opone enérgicamente a aceptar el azar como ley evolutiva. Y lo mismo hace
Ruffié. Hoyle dice que la probabilidad de que se produzca por casualidad una sola de las 200.000 proteínas que
hay en el cuerpo humano, es igual a la que tiene una persona de resolver a
ciegas el cubo de Rubik... o como esperar que un tifón recomponga correctamente
un Boeing 747, despiezado y convertido en chatarra. Para Dobzhansky el enigma
de la evolución es indecifrable si se rechaza la idea de un “diseño” y de una
“tendencia” del proceso, pues el universo no parece fruto de una ruleta, sino
de un ingeniero. Popper declara taxativamente que “la idea de propósito,
teleología o teleonomía, es indispensable en biología”. Thorpe sostiene que el
surgimiento de la conciencia autorreflexiva “termina de echar por tierra
cualquier razón para considerar la evolución como... un proceso fortuito”.[9] Incluso,
Dobzhansky dice que “el fenómeno de la evolución, con la aparición progresiva
de formas de vida jerarquizadas piramidalmente y genéticamente conectadas,
tiene todas las apariencias de un vasto plan inteligente y suscita la vehemente
sospecha de... una Mente omnipotente.”[10] El origen del universo, de la vida, y del
hombre es –según Popper– “un milagro”.[11] Y
es muy conocida la frase de Einstein –quien afirmaba la existencia de Dios–:
“Dios no juega a los dados con el universo”.
En conclusión. Tenemos que el big bang y la teoría de la evolución –si
niegan la existencia de una Mente Omnipotente, a la que nosotros llamamos Dios–
no nos resuelven los enigmas más importantes: 1) el origen del universo; 2) el origen del movimiento del universo; 3) el origen
del movimiento ordenado del
universo; 4) el origen de la vida;
5) el origen de la conciencia espiritual
en el hombre.
En definitiva, el big bang y la teoría de la
evolución no son negativas, a menos que adquieran una postura materialista y atea, postura que, como
vimos, muchos científicos renombrados rechazan por ser un prejuicio, y no una
conclusión científica. Al contrario, muchos de ellos prefieren inclinarse a la
afirmación de una Mente Omnipotente que estaría detrás del origen del universo
y que dirige su proceso evolutivo.
Finalmente, recordemos aquí lo visto en la
cuestión 3, sobre las “vías” para demostrar la existencia de Dios, y ya tenemos
la perspectiva metafísica que necesitamos para resolver los cinco enigmas
mencionados.
[1] J. L. Ruiz de la Peña, Teología de la creación, Santander, Sal
Terrae, 19872, pp.250-251.
[2] Citados
en la misma obra anterior, p. 252.
[3] Ibid. p.
253.
[4] Recordemos que tanto las “ideas”
de Platón, como las “formas” de Aristóteles.. ¡son realidades espirituales!
[5] Ibid. p. 254.
[6] Ibid.
pp. 220-221.
[7] Ruiz de
la Peña, citando
luego a P. Cluod, en ibid. p. 222,
y su nota 4. Remitimos aquí a la “tercera vía” de Santo Tomás (y a la “parábola
del primer minuto de la creación” con la cual ejemplificamos aquella “vía”).
[8] Ibid. pp. 232ss.
[9] Frases
tomadas casi literalmente de Ibid
pp. 236-238. Las citas de los científicos son textuales.
[10] Ibid. p. 239.
[11] Ibid.
p. 240.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario