Las siguientes reflexiones pretenden
iluminar el cuestionamiento que se hace a veces a “las riquezas del Vaticano”.
1.
La perspectiva económico-solidaria. En primer lugar, hay que
preguntarse si vender todo lo que hay en el Vaticano para asistir a las
personas más necesitadas es bueno para las mismas personas necesitadas. ¿Por
qué? Porque si se vende todo lo que hay en el Vaticano –cuando se acabe lo
producido por esa venta– ya no se las podrá ayudar más. En cambio, si se
conservan esos bienes –que producen una entrada permanente de dinero: las
entradas del Museo Vaticano; las estampillas del Correo Vaticano, etc.– se
puede seguir ayudando por un tiempo ilimitado. Dicho en números: si yo vendo
algo en $ 5000 y lo reparto, ya no me queda nada. Si yo lo conservo y, cada año
recaudo $ 500, puedo ayudar permanente; y cada diez años sumo los $ 5000 que
sólo hubiera tenido una vez, de haber vendido todo.
2.
La perspectiva histórico-afectiva. También hay que saber que el
Papa no es el dueño del Vaticano, sino su administrador.[1]
Los verdaderos dueños somos todos los cristianos –también los que vendrán en el
futuro– pues el patrimonio del Vaticano es un patrimonio no sólo económico,
sino –y sobre todo– un patrimonio cultural y religioso. Supongamos que se
venden los bienes del Vaticano y un coleccionista privado compra uno el Códice Vaticano, que es uno de los
manuscritos más antiguos y valiosos del Nuevo Testamento. Si eso sucede, ya no
podremos nunca más acceder a él: será su propiedad privada, y no propiedad de
todos nosotros.
3. La perspectiva profético-política. El
mismo territorio del Estado del Vaticano ha sido puesto en cuestión. Se sugiere
que el Papa venda todo y no tenga bienes algunos. Pero, de este modo, el Papa
debería irse a vivir a un país u otro, y quedaría al arbitrio y talante del
gobierno de turno. Que exista el pequeño Estado del Vaticano le permite a la
Iglesia vivir en su propia casa, con sus propias leyes... y criticar a los
poderosos del mundo, sin quedar por eso amenazada en su independencia o en su subsistencia
material.
Además habría que recordar que Jesús tenía
bienes y los administraba (cf. Juan 13,29), y que recibía bienes de personas
que le ayudaban económicamente (cf. Lc 8, 1-3).
4.
La perspectiva del abuso general de los bienes en el mundo. Para mí,
este es la perspectiva más importante, pues la principal preocupación que
tienen quienes critican “las riquezas del Vaticano” es el sufrimiento de tantas
personas necesitadas. Pues bien, en el
año 2003 los gobiernos del mundo gastaron en armas 956.000 millones de dólares,
y en el 2004 la cifra superó el billón
de dólares.[2] Esto
representa: 2740 millones por día;
114 millones por hora; casi 2 millones
de dólares por minuto. Se ha dicho
que: “con lo que Estados Unidos gasta en armamentos al día, se podría dar de
comer a medio millón de niños durante un
año”.[3]
Y lo más grave es que estos ¡son los números
“en blanco”! ¡¿Quién sabe cuánto representará lo que está “en negro”?! Y, si a
esto le sumamos el otro gran mercado destructor que es el narcotráfico, tenemos
cifras astronómicas que se gastan cada día en armas y drogas.
Por eso, yo digo: dejemos como están al
Vaticano, al Museo del Louvre, al Museo del Prado y a cuanta cosa linda tenemos
en el mundo. Simplemente, usemos para alimentar, curar y construir lo que cada
día se usa para destruir... y este mundo será muy distinto.
5.
La misión de la Iglesia.
Quienes pretenden que la
Iglesia solucione todos los problemas de la humanidad, se olvidan que,
primariamente, “corresponde al Estado
defender y promover el bien común de
la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias.” (CCE
1910).[4]
Esto compete principalmente a la autoridad (cf. CCE 1897-1904 y 2235-2237),
pero también implica la participación y responsabilidad de todos los ciudadanos
(cf. CCE 1913-1917 y 2238-2243).
Es más, como “las interdependencias humanas
se intensifican... la unidad de la familia humana... implica un bien común universal. Este requiere una
organización de la comunidad de naciones
capaz de "proveer a las diferentes necesidades de los hombres, tanto en
los campos de la vida social, a los que pertenecen la alimentación, la salud,
la educación..., como en no pocas situaciones particulares que pueden surgir en
algunas partes, como son... socorrer en sus sufrimientos a los refugiados
dispersos por todo el mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus familias"
(GS 84,2).” (CCE 1911).
No obstante, como dice
Benedicto XVI: “la caridad es una tarea de la Iglesia” (DCE 20) e implica “dos datos esenciales:
a)
La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de
la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia)
y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican
mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de
asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su
naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
b)
La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber
nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la
caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen
Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la
universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «
casualmente » (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante,
quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia
específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia,
ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido,
siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: « Mientras
tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros
hermanos en la fe » (6, 10).” (DCE 25).
Por eso, la Iglesia realiza
muchas obras diariamente, pues tiene y atiende 123.000 instituciones asistenciales: 5.900 hospitales, 16.700
dispensarios, 700 leprosarios, 12.600 hogares de ancianos, 19.500 orfanatos y
guarderías, 11.500 centros de orientación familiar, 11.600 institutos de
educación especial, y otras 44.500 instituciones asistenciales de distinto tipo
(las cuales, muchas veces asisten a las personas más pobres, que no serían
atendidas por nadie más).[5]
[1]
Cf. el Código de Derecho Canónico
1273, que es el único canon que habla de las atribuciones económicas del Papa.
[2] Los
datos de la noticia, literalmente transcriptos son:
Agencia Zenit - Código:
ZS04100806 - Fecha publicación:
2004-10-08
El Vaticano a la ONU: A mayor
armamento mundial, paradójicamente menor seguridad
NUEVA YORK, viernes, 8 octubre 2004 (ZENIT.org).- Un difundido sentido del miedo
está llevando a aumentar la dependencia armamentística, que en vez de
garantizar la seguridad, aleja de este objetivo, alertó el jueves un
representante de la Santa Sede a la ONU.
El arzobispo Celestino Migliore intervino
--durante la 59ª Sesión de la Asamblea General de la ONU-- ante el I Comité
sobre el tema «Desarme general y completo».
Ante los presentes el prelado constató que,
signo del «temor a los ataques terroristas», a «nuevas guerras» o a un «fallo
en los procesos del Derecho Internacional», es la «subida en el gasto global
militar», que el año pasado llegó a 956
mil millones de dólares estadounidenses --representa un incremento del 11%
respecto a 2002 y del 18% respecto a 2001.
«El
gasto militar, que superará el billón de dólares este año, pronto
sobrepasará los niveles máximos de la Guerra Fría», pero «una mayor dependencia
de las armas –grandes y pequeñas— está llevando al mundo lejos de la seguridad,
no hacia ella», alertó el observador permanente de la Santa Sede ante la ONU en
su intervención, distribuida este viernes por la Sala de Prensa del Vaticano.
[3] J. L. Ruiz de la Peña, Teología de la creación, Santander, Sal
Terrae, 19872, p. 186. Y, hay que hacer notar, que el autor consigna
datos de 1983.
[4] CCE es la sigla para el Catecismo de la Iglesia Católica (en
latín: Catechismus Catholicae Ecclesiae).
[5] Y esto
sólo son las instituciones asistenciales.
Datos tomados de P. Brumori, La Iglesia Católica, Ed. Rialp.
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