lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuestión 10: Los signos de la Revelación




Cuestión 10.1-2. Expuestas en clase.

10.1. Textos bíblicos: Mt 11, 20-24; Jn 6,26 muestran el principio “de fondo”.
            - Mt 12, 38-42: lo importante es estar atentos al kerigma y a la sabiduría de Jesús.
            - Mc 2, 1ss; Lc 17, 12-19 muestran el mismo principio, en lo concreto.


Cuestión 10.3. Cristo, signo por excelencia de la Re­velación.

1. La importancia del "ver" con relación a la fe, según el NT.

            La fe es, en definitiva, la respuesta a la Palabra que Dios dirige al hombre acompañada por sig­nos que la acreditan como digna de ser creída. “¿Cómo creerán en Aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se le predique?” (Rm 10,14). Pero sabemos que esa predicación apostólica se genera en la experiencia de los que como Juan pueden confesar: “lo que hemos visto con nuestros


 ojos, lo que contemplaron y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida...” (1Jn 1,1). Este compromiso del hombre entero en la invitación a creer, la trataremos de rastrear en las relaciones que el "ver" tiene con el "oír" en la predicación de Jesús y en el testimonio de los Apóstoles.
 

1.1. En Marcos:

            El dinamismo va desde el mensaje o la palabra ("oír") al "ver" los signos y la misma persona de Jesús. “Oyendo la multitud lo que hacía, vinieron a él”(Mc 3,8). La palabra se presenta muchas veces en plena desnudez, y provoca una respuesta creyente apoyada en el único motivo que es el llamado de Jesús. "Les dijo Jesús (a Simón y Andrés): Vengan en pos de mí... Y al punto llamó (a Santiago y Juan). Y dejando a su padre Zebedeo en la nave con los jornaleros se fueron tras él" (Mc 1,16ss).
            Los signos y milagros que Jesús hace, dejan espacio a la incredulidad, muchas veces no convencen; "no podía ha­cer allí muchos milagros... se admiraba de su incredulidad" (Mc 6,5s). Y sin embargo, muchas otras veces, los signos perfeccionan la fe inicial, como en el caso del endemoniado: "(el padre del endemoniado le dice a Jesús) si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros. Jesús le dijo: “Que es eso de ‘si puedes’. Todo es posible para el que cree.” Al instante gritó el padre del muchacho: Creo, ayuda mi poca fe" (Mc 9,22-24).
            De esta manera, el milagro, al estar ligado a la fe no atiende a una llamada caprichosa, y sólo donde ésta se encuentra, se da la condición que garantiza la apertura del hombre a Dios. Por ello, cuando la soberbia se encuentra en el hombre, no se concede ver para creer ("que baje de la cruz para que veamos y creamos" Mc 15,32), porque en realidad sus mismos ojos estaban cerrados. "Teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no oyen"  (Mc 8,18).
            Con respecto al Resucitado, en la circunstancia en que las mujeres van al sepulcro, primero se les anuncia la resurrección, luego se les da a ver el sepulcro vacío y se les manda a anunciar lo que han visto. El anuncio ("ha resucitado", "como se los dijo") debe ser obedecido, creído, como condición para ver al Resucitado (Mc 16,6s). Según Mc., la predica­ción de la Iglesia, que es obediencia al mandato de Cristo, es acompañada por signos que la corrobo­ran y con la colaboración del Señor (Mc 16,15-20).

1.2. En Mateo:

            Hay algo particular en este evangelio: la fe que está relacionada al "ver" es más clara y más exi­gente. Es que los signos y prodigios de Jesús son el cumplimiento de las promesas mesiánicas. Lo prometido ya se está cumpliendo, y por lo tanto se puede no sólo "oír" como un anuncio más reite­rado, sino que es realidad que puede ser "vista". "Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos, porque oyen. Se los digo de verdad, que muchos profetas y justos quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron" (13,16s).
            Ya en el evangelio de la infancia, la fe y la buena voluntad se mueven por haber visto, como es el caso de los magos y la estrella que los guía (2,2). Y en el Sermón de la Montaña, Jesús exhorta a sus oyentes lleven a la práctica sus enseñanzas para que los hombres vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el Cielo (5,16). Jesús recrimina a las ciudades de Cafarnaún, que no hayan sido capaces de recibir las señales que él hizo (11,23s).
            Para Mateo el milagro tiene valor probatorio para justificar y suscitar la fe que Jesús exige; Pero para los autosuficientes, como los fariseos, se les niega ver milagros; les debe bastar con la predicación de Je­sús, que tendrán que aceptar como motivo suficiente de conversión (12,38s).
            Por otra parte, Jesús enseña a los suyos que también el anticristo realizará señales, y por ello previene de llevar a una falsa fe por una falsa visión; el signo distintivo es el signo del servicio. Es la doctrina de la cruz la que evita caer en la falsa fe sobre supuestos prodigios. Con respecto al resucitado, Mateo privilegia el ver en sentido apologético, pero también, como en todo su evangelio, con el sentido de cumplimiento de lo dicho.

1.3. En Lucas:

            Consideramos toda la obra de Lucas, (Evangelio y Hechos). En Lucas se debe destacar la importancia de la palabra de Dios; que llega a tener casi personalidad en el libro de los Hechos. Dedica una bienaventuranza a los que escuchan la palabra y la ponen en práctica (11,28). Tiene, entonces, peculiar importancia el oír, teniendo como modelo a María (1,38).
            El ver los milagros tiene un lugar en la psicología de la fe; la enciende para alcanzar la plena salvación y se plenifica en alabanza y ac­ción de gracias. Como cuando Pedro confiesa a Jesús como Señor sintiendo temor ante lo sagrado al ver la pesca milagrosa (5,8). Al final del ministerio, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por los milagros que habían visto (19,37s). Todos los milagros en Lucas, muestran a Jesús como la llegada de la plenitud de los tiempos mesiánicos.
            Algo importante de señalar es que la fe debe suscitase no solo por la palabra, sino también, mediante la Escritura. La cual, debe bastar para convertirse (16,29-31). El milagro no es suficiente para quien no se abre a la Palabra. Sin embargo los discípulos serán confirmados en la fe viendo al resucitado. Las apariciones del re­sucitado quieren dar a los discípulos plena seguridad sobre lo que a sucedido para que puedan ser testigos del mismo, y su testimonio tenga credibilidad. La misma predicación de los apóstoles va acompañada de signos y milagros, pero que no llevan necesariamente a la fe (Hch 28,25-28).

1.4. En Juan:

            El programa del Evangelio de Juan lo podemos encontrar al final de su libro. "El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que ustedes crean" (19,35; 20,30s). El testi­monio que da es el de un testigo presencial. La fe se funda en la visión del testigo.
            Juan es el que vincula la fe al ver, ya que la entiende como una visión particular y plena. En el comienzo de su predicación Jesús hace una invitación a sus seguidores: "Vengan y vean" (1,39). Pero es un ver que debe conducir a la fe. "Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna" (6,40).
            Para Juan ver significa ver al Hijo en cuanto éste manifiesta su gloria en los gestos y milagros que realiza. Es una visión que penetra el Misterio revelado (2,11). Las grandes señales que hace, logran que la gente lo siga, pero no necesariamente que crean (6,26s). Sin embargo, la fe ad­quirida con ocasión de los signos, no es suficiente. La señal debe ser reconocida como tal, la fe debe reconocer lo que en realidad el signo contenía (la Gloria del Hijo).
            Esta relación entre fe y visión, que en el caso de Tomás incluye el tacto, son consecuencias de la Encarnación, por lo cual los signos son como la visibilidad de Dios (algunos destacan el carácter antignóstico de los escritos joánicos). La realidad de la carne y la divinidad del Logos que en ella se oculta, están íntimamente unidas; solamente la unidad es el verdadero objeto de la fe y la gran experiencia salvadora que vale la pena anunciar. El escalonamiento de los verbos "hemos oído" y "tocaron " (1Jn 1,1), señalan sin duda que lo contemplado y testificado es objeto de fe , pero de una fe experimentada en forma histórica y perso­nal.
            Finalmente, la fe que brota de las señales no basta; debe orientarse la fe hacia la Palabra en la que el creyente recibe la vida. En esa fidelidad de permanecer en la palabra de Jesús (de permanecer en él cumpliendo sus mandamientos), el creyente recibe la promesa de un "ver" más pleno y defini­tivo. "Padre ,quiero que los que tu me has dado, estén también conmigo donde yo esté, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo" (17,24).

1.5. En Pablo:

            En primer lugar, aparece en sus escritos el "ver" como una ayuda verdadera a la fe: sobre todo, ver signos que acreditan la misión del predicador del evangelio (1Ts 1,5; 1Co 2,4s; 2Co 11,23ss). Sin embargo, frente a la cerrazón a lo visto u oído -los paganos, en la naturaleza y los judíos, en la historia de la salvación (Rm 1,19; 11,7-9) - la fe de­berá valerse de la predicación de Cristo crucificado: "De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Co 1,22s).
            Por otra parte, Pablo es testigo, nos transmite, que el núcleo de la fe, que es el misterio pascual de Cristo, siendo como es contenido primordial de la fe salvífica, sin embargo no deja de ser un acontecimiento visible en algún sentido. Este sumario de la fe lo encontramos en 1 Cor.15,3-5:

v.3 "Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo
      murió por nuestros pecados, según las Escrituras;
v.4 que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras;
v.5 que se apareció a Cefas y luego a los Doce;
v.6 después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez,
     de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron.
v.7 Luego se apareció a Santiago;
      más tarde, a todos los apóstoles.
v.8 Y en último término se me apareció a también a mí, como un abortivo".

            ¿Qué significado tiene la expresión "se me apareció"? La expresión aparece dentro de un texto donde Pablo se preocupa por legitimar el testimonio de aquellos a quienes el Señor se les ha apare­cido. La cantidad de los testigos citados en el texto, los Doce, los Apóstoles, unos 500 hermanos, y hasta el mismo Pablo, nos hace ver como la manifestación del Resucitado consolida y corrobora el testimonio de los primeros cristianos frente a los judíos y los paganos.
            El verbo usado en la expresión "se me apareció", es el mismo usado en el AT y el NT para relatar las teofanías. Indica que se trata de apariciones del mundo celeste, de un ser celestial; por lo tanto, las apariciones del Resucitado son auténticas cristofanías. La expresión quiere señalar que no se trata de una experiencia meramente subjetiva de los testigos del acontecimiento, sino que expresa ante todo y fundamentalmente un acontecimiento objetivo concreto. La resurrección del Maestro no era inferible desde ninguna categoría del mundo judío. Al utilizar el lenguaje de la teofanía veterotestamentaria para indicar las apariciones del Resucitado, los textos cristianos querían de seguro expresar ese ca­rácter de acontecimiento especial pero objetivo, de manifestación del mundo divino, que originó lo "nuevo" de la fe pascual. Por otra parte, Pablo entiende su propia visión, no como una visión subje­tiva, sino como una acontecimiento objetivo, como base de su conversión (Gal 1,12; 1Co 9,1). Distinta de otras visio­nes que él ha tenido pero que no fundamentan su fe pascual (2Co 12,1).
            Por tanto: el Evangelio, "por el cual también son salvados", es verdad de "Cristo", en la verdad de su muerte y su resurrección; verdad que acreditan las Escrituras ("según las Escrituras") verdad que también incluye la experiencia ocu­lar de determinados testigos, o mejor, de la Iglesia. Si no fuera cierto, el mismo Apóstol afirma, se­rían "convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado ante Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó..." (1Co 15,15).


Cuestión 10.4. Véase R. Latourelle, Teología de la Revelación, Sígueme, Salamanca, 1967; pp. 485-503.

Cuestión 10.5. La estructura sacramental de la Revelación.

1. La enseñanza del concilio Vaticano II.

            El acontecimiento salvador tie­ne una estructura sacramental in­disoluble, por la cual las obras manifiestan y confir­man las palabras; y las palabras procla­man y esclarecen las obras (DV 2).
            Importa en primer lugar el hecho salvífico (obras realizadas por Dios), y por ello la Revelación es parte de un aconte­cimiento salvador más amplio (no es una ideología). La DV mantiene esta concepción en todos los momentos de la Historia de loa Salvación (acontecimiento y transmisión de la Revela­ción).
            En el centro, y como modelo de esta economía,  está Cristo, quien revela al Padre con obras y palabras, en razón de su unidad en la persona, unidad que es intrínsecamente histórica.


2. Fundamento bíblico de esta enseñanza.

            Las obras de la Historia de la Salvación encierran un misterio que es su realidad profunda y su sentido. El hecho posee un sentido que es explicitado por la palabra, la cual hace comprensible su significado y permite comunicarlo.
                        En primer lugar, consideremos el concepto de palabra ( en hebreo: dabar). En su raíz implica que hay en Dios una energía que se quiere manifestar. Esta manifestación puede ser verbal o por acciones. Podemos decir que los hechos, que son reveladores, ya están generados por una palabra que es activa
            La palabra es acompañada con el hecho, y ambas realidades configuran la naturaleza y la es­tructura completa del acontecimiento revelador:
1) Antes del hecho, la palabra es profética, como palabra abierta y generando el hecho futuro.
2) Del mismo modo, la palabra puede ser mandato, que se trasforma en el hecho al ser cumplido (la acción obe­diente se revela en su pleno sentido en la palabra que manda, que es en la que se origina).
3) Las palabras proclaman las obras ya realizadas, desentrañando su sentido salvador y revelador.
4) Está la palabra que narra, que cuenta los hechos. Y esto no es casual, porque si la salvación es historia, la forma connatural de interpretarla verbalmente es la narración. El evangelio tiene como médula la narración de la muerte y resurrección de Jesús.
5) La palabra que no solamente acompaña narrativamente a los hechos sino que los explica, desarrolla su sentido, haciéndose inteligencia de la historia.

3. Razones antropológicas.

            La vinculación Palabra-gesto es algo esencial a la existencia hu­mana entendida como abierta a la comunión (comunicación). Así, la palabra auténtica tiende a la verificación en la vida (gestos).        Pero también, la acción auténtica exige el esclarecimiento de la pa­labra. Es necesaria la apertura de la propia interioridad para que las acciones del hombre en su significación se hagan comprensibles para los otros. Las razones de esto son varias:
            1) El interior del hombre, que solo Dios ve, esta oculto para los demás; esa interioridad encierra la intención de la acción exterior. La libertad y la incorporeidad de la intención del gesto, pueden ocultar su sentido último, porque esa intención se encuentra en el interior del hombre. Por tanto, hay estratos de sentido que solo la palabra puede develar.
            2) También la originalidad que toda acción tiene por emanar de la libertad; necesita de la palabra para aclarar su sentido. Por ello una acción  exteriormente idéntica a otra puede expresar distinta intencionalidad. La acción, repetida en cuanto a su materialidad, puede ser inédita en lo que se refiere a su sentido. Finalmente, hay relaciones, como el amor de amistad, que solamente en la palabra reveladora adquieren su ver­dadera fisonomía.


4. Razones teológicas.

            Las obras de Dios presentes en la historia manifiestan su di­mensión verdaderamente his­tórica por medio de la palabra, que viene a ser un elemento constitutivo para que las obras salvíficas tengan una dimensión plenamente humana.
            La salvación se ofrece en la historia y por la historia, y precisamente se ofrece como guía (no solo como verdad). Dios actúa en la historia, pero referido a la libertad humana; y lo histórico humano necesariamente incluye la palabra, porque expresa lo típi­camente humano: la libertad.
            En la historia se da la entrega de Dios al hombre y, por tanto, a la libertad humana: en este encuentro se da la salvación.
            También la palabra es exigida por la dinámica de la gracia, que opera con todas las dimensiones del hombre.
            Las obras de Dios presentes en la historia, adquieren su dimensión verdade­ramente histórica por medio de la palabra. Por ejemplo, el milagro permanecería mudo si no lo revelase una palabra. Incluso el mismo Jesucristo en su encarnación, si no tuviéramos noticia de ella. Con esto no se afirma que la Historia de Salvación sea solo palabra, sino que las obras de Dios están presentes históricamente como tales cuando se les añade la palabra, no como algo exterior, sino como un elemento constitutivo para la plena dimensión humana del hecho salvífico.
            Esto adquiere carácter propio y definitivo en Cristo, ya que en Él se expresa el mismo Dios en una palabra humana que surge de la conciencia humana de Jesús.

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