Cuestión 10.1-2. Expuestas
en clase.
10.1. Textos bíblicos: Mt 11, 20-24; Jn 6,26 muestran el principio “de fondo”.
- Mt 12, 38-42: lo importante es
estar atentos al kerigma y a la sabiduría de Jesús.
- Mc 2, 1ss; Lc 17, 12-19 muestran
el mismo principio, en lo concreto.
Cuestión 10.3. Cristo,
signo por excelencia de la Revelación.
1. La importancia del
"ver" con relación a la fe, según el NT.
La fe
es, en definitiva, la respuesta a la Palabra que Dios dirige al hombre
acompañada por signos que la acreditan como digna de ser creída. “¿Cómo
creerán en Aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se le predique?” (Rm
10,14). Pero sabemos que esa predicación apostólica se genera en la experiencia de los que como Juan pueden
confesar: “lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que contemplaron y tocaron
nuestras manos acerca de la Palabra de Vida...” (1Jn 1,1). Este compromiso del hombre entero en la
invitación a creer, la trataremos de rastrear en las relaciones que el
"ver" tiene con el "oír" en la predicación de Jesús y en el
testimonio de los Apóstoles.
1.1. En Marcos:
El
dinamismo va desde el mensaje o la palabra ("oír") al "ver"
los signos y la misma persona de Jesús. “Oyendo la multitud lo que hacía,
vinieron a él”(Mc 3,8). La palabra se presenta muchas veces en plena desnudez,
y provoca una respuesta creyente apoyada en el único motivo que es el llamado
de Jesús. "Les dijo Jesús (a Simón y Andrés): Vengan en pos de mí... Y al
punto llamó (a Santiago y Juan). Y dejando a su padre Zebedeo en la nave con
los jornaleros se fueron tras él" (Mc 1,16ss).
Los
signos y milagros que Jesús hace, dejan espacio a la incredulidad, muchas veces
no convencen; "no podía hacer allí muchos milagros... se admiraba de su
incredulidad" (Mc 6,5s). Y sin embargo, muchas otras veces, los signos
perfeccionan la fe inicial, como en el caso del endemoniado: "(el padre
del endemoniado le dice a Jesús) si algo puedes, ayúdanos, compadécete de
nosotros. Jesús le dijo: “Que es eso de ‘si puedes’. Todo es posible para el
que cree.” Al instante gritó el padre del muchacho: Creo, ayuda mi poca
fe" (Mc 9,22-24).
De
esta manera, el milagro, al estar ligado a la fe no atiende a una llamada
caprichosa, y sólo donde ésta se encuentra, se da la condición que garantiza la
apertura del hombre a Dios. Por ello, cuando la soberbia se encuentra en el
hombre, no se concede ver para creer ("que baje de la cruz para que veamos
y creamos" Mc 15,32), porque en realidad sus mismos ojos estaban cerrados.
"Teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no oyen" (Mc 8,18).
Con
respecto al Resucitado, en la circunstancia en que las mujeres van al sepulcro,
primero se les anuncia la resurrección, luego se les da a ver el sepulcro vacío
y se les manda a anunciar lo que han visto. El anuncio ("ha
resucitado", "como se los dijo") debe ser obedecido, creído,
como condición para ver al Resucitado (Mc 16,6s). Según Mc., la predicación de
la Iglesia, que es obediencia al mandato de Cristo, es acompañada por signos
que la corroboran y con la colaboración del Señor (Mc 16,15-20).
1.2. En Mateo:
Hay
algo particular en este evangelio: la fe que está relacionada al
"ver" es más clara y más exigente. Es que los signos y prodigios de
Jesús son el cumplimiento de las promesas mesiánicas. Lo prometido ya se está
cumpliendo, y por lo tanto se puede no sólo "oír" como un anuncio más
reiterado, sino que es realidad que puede ser "vista".
"Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos, porque oyen. Se los digo de
verdad, que muchos profetas y justos quisieron ver lo que ustedes ven, pero no
lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron" (13,16s).
Ya en
el evangelio de la infancia, la fe y la buena voluntad se mueven por haber
visto, como es el caso de los magos y la estrella que los guía (2,2). Y en el
Sermón de la Montaña, Jesús exhorta a sus oyentes lleven a la práctica sus
enseñanzas para que los hombres vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre
que está en el Cielo (5,16). Jesús recrimina a las ciudades de Cafarnaún, que
no hayan sido capaces de recibir las señales que él hizo (11,23s).
Para
Mateo el milagro tiene valor probatorio para justificar y suscitar la fe que
Jesús exige; Pero para los autosuficientes, como los fariseos, se les niega ver
milagros; les debe bastar con la predicación de Jesús, que tendrán que aceptar
como motivo suficiente de conversión (12,38s).
Por
otra parte, Jesús enseña a los suyos que también el anticristo realizará
señales, y por ello previene de llevar a una falsa fe por una falsa visión; el signo distintivo es el signo del
servicio. Es la doctrina de la cruz la que evita caer en la falsa fe sobre
supuestos prodigios. Con respecto al resucitado, Mateo privilegia el ver en
sentido apologético, pero también, como en todo su evangelio, con el sentido de
cumplimiento de lo dicho.
1.3. En Lucas:
Consideramos
toda la obra de Lucas, (Evangelio y Hechos). En Lucas se debe destacar la
importancia de la palabra de Dios; que llega a tener casi personalidad en el
libro de los Hechos. Dedica una bienaventuranza a los que escuchan la palabra y
la ponen en práctica (11,28). Tiene, entonces, peculiar importancia el oír,
teniendo como modelo a María (1,38).
El
ver los milagros tiene un lugar en la psicología de la fe; la enciende para
alcanzar la plena salvación y se plenifica en alabanza y acción de gracias.
Como cuando Pedro confiesa a Jesús como Señor sintiendo temor ante lo sagrado
al ver la pesca milagrosa (5,8). Al final del ministerio, la multitud de los
discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por
los milagros que habían visto (19,37s). Todos los milagros en Lucas, muestran a
Jesús como la llegada de la plenitud de los tiempos mesiánicos.
Algo
importante de señalar es que la fe debe suscitase no solo por la palabra, sino
también, mediante la Escritura. La cual, debe bastar para convertirse
(16,29-31). El milagro no es suficiente para quien no se abre a la Palabra. Sin
embargo los discípulos serán confirmados en la fe viendo al resucitado. Las
apariciones del resucitado quieren dar a los discípulos plena seguridad sobre
lo que a sucedido para que puedan ser testigos del mismo, y su testimonio tenga
credibilidad. La misma predicación de los apóstoles va acompañada de signos y
milagros, pero que no llevan necesariamente a la fe (Hch 28,25-28).
1.4. En Juan:
El
programa del Evangelio de Juan lo podemos encontrar al final de su libro.
"El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice
la verdad, para que ustedes crean" (19,35; 20,30s). El testimonio que da
es el de un testigo presencial. La fe se funda en la visión del testigo.
Juan
es el que vincula la fe al ver, ya que la entiende como una visión particular y
plena. En el comienzo de su predicación Jesús hace una invitación a sus
seguidores: "Vengan y vean" (1,39). Pero es un ver que debe conducir
a la fe. "Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al
Hijo y cree en él, tenga vida eterna" (6,40).
Para
Juan ver significa ver al Hijo en cuanto éste manifiesta su gloria en los
gestos y milagros que realiza. Es una visión que penetra el Misterio revelado
(2,11). Las grandes señales que hace, logran que la gente lo siga, pero no
necesariamente que crean (6,26s). Sin embargo, la fe adquirida con ocasión de
los signos, no es suficiente. La señal debe ser reconocida como tal, la fe debe
reconocer lo que en realidad el signo contenía (la Gloria del Hijo).
Esta
relación entre fe y visión, que en el caso de Tomás incluye el tacto, son
consecuencias de la Encarnación, por lo cual los signos son como la visibilidad
de Dios (algunos destacan el carácter antignóstico de los escritos joánicos).
La realidad de la carne y la divinidad del Logos que en ella se oculta, están
íntimamente unidas; solamente la unidad es el verdadero objeto de la fe y la
gran experiencia salvadora que vale la pena anunciar. El escalonamiento de los
verbos "hemos oído" y "tocaron " (1Jn 1,1), señalan sin
duda que lo contemplado y testificado es objeto de fe , pero de una fe
experimentada en forma histórica y personal.
Finalmente,
la fe que brota de las señales no basta; debe orientarse la fe hacia la Palabra
en la que el creyente recibe la vida. En esa fidelidad de permanecer en la
palabra de Jesús (de permanecer en él cumpliendo sus mandamientos), el creyente
recibe la promesa de un "ver" más pleno y definitivo. "Padre
,quiero que los que tu me has dado, estén también conmigo donde yo esté, para
que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la
creación del mundo" (17,24).
1.5. En Pablo:
En
primer lugar, aparece en sus escritos el "ver" como una ayuda
verdadera a la fe: sobre todo, ver signos que acreditan la misión del
predicador del evangelio (1Ts 1,5; 1Co 2,4s; 2Co 11,23ss). Sin embargo, frente
a la cerrazón a lo visto u oído -los paganos, en la naturaleza y los judíos, en
la historia de la salvación (Rm 1,19; 11,7-9) - la fe deberá valerse de la
predicación de Cristo crucificado: "De hecho, como el mundo mediante su
propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a
los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos
piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo
crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, un Cristo,
fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Co 1,22s).
Por
otra parte, Pablo es testigo, nos transmite, que el núcleo de la fe, que es el
misterio pascual de Cristo, siendo como es contenido primordial de la fe
salvífica, sin embargo no deja de ser un acontecimiento visible en algún
sentido. Este sumario de la fe lo encontramos en 1 Cor.15,3-5:
v.3 "Porque les transmití, en primer lugar, lo
que a mi vez recibí: que Cristo
murió
por nuestros pecados, según las Escrituras;
v.4 que fue sepultado y resucitó al tercer día,
según las Escrituras;
v.5 que se apareció a Cefas y luego a los Doce;
v.6 después se apareció a más de quinientos hermanos
a la vez,
de los
cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron.
v.7 Luego se apareció a Santiago;
más
tarde, a todos los apóstoles.
v.8 Y en último término se me apareció a también a
mí, como un abortivo".
¿Qué
significado tiene la expresión "se me apareció"? La expresión aparece
dentro de un texto donde Pablo se preocupa por legitimar el testimonio de
aquellos a quienes el Señor se les ha aparecido. La cantidad de los testigos
citados en el texto, los Doce, los Apóstoles, unos 500 hermanos, y hasta el
mismo Pablo, nos hace ver como la manifestación del Resucitado consolida y
corrobora el testimonio de los primeros cristianos frente a los judíos y los
paganos.
El
verbo usado en la expresión "se me apareció", es el mismo usado en el
AT y el NT para relatar las teofanías. Indica que se trata de apariciones del
mundo celeste, de un ser celestial; por lo tanto, las apariciones del Resucitado
son auténticas cristofanías. La expresión quiere señalar que no se trata de una
experiencia meramente subjetiva de los testigos del acontecimiento, sino que
expresa ante todo y fundamentalmente un acontecimiento objetivo concreto. La
resurrección del Maestro no era inferible desde ninguna categoría del mundo
judío. Al utilizar el lenguaje de la teofanía veterotestamentaria para indicar
las apariciones del Resucitado, los textos cristianos querían de seguro
expresar ese carácter de acontecimiento especial pero objetivo, de
manifestación del mundo divino, que originó lo "nuevo" de la fe
pascual. Por otra parte, Pablo entiende su propia visión, no como una visión
subjetiva, sino como una acontecimiento objetivo, como base de su conversión
(Gal 1,12; 1Co 9,1). Distinta de otras visiones que él ha tenido pero que no
fundamentan su fe pascual (2Co 12,1).
Por
tanto: el Evangelio, "por el cual también son salvados", es verdad de
"Cristo", en la verdad de su muerte y su resurrección; verdad que
acreditan las Escrituras ("según las Escrituras") verdad que también
incluye la experiencia ocular de determinados testigos, o mejor, de la
Iglesia. Si no fuera cierto, el mismo Apóstol afirma, serían "convictos
de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado ante Dios que resucitó a
Cristo, a quien no resucitó..." (1Co 15,15).
Cuestión 10.4. Véase R. Latourelle, Teología
de la Revelación, Sígueme, Salamanca, 1967; pp. 485-503.
Cuestión 10.5. La estructura
sacramental de la Revelación.
1. La enseñanza del concilio
Vaticano II.
El
acontecimiento salvador tiene una estructura sacramental indisoluble, por la
cual las obras manifiestan y confirman las palabras; y las palabras proclaman
y esclarecen las obras (DV 2).
Importa
en primer lugar el hecho salvífico (obras
realizadas por Dios), y por ello la Revelación es parte de un acontecimiento
salvador más amplio (no es una ideología). La DV mantiene esta concepción en
todos los momentos de la Historia de loa Salvación (acontecimiento y
transmisión de la Revelación).
En el
centro, y como modelo de esta economía,
está Cristo, quien revela al Padre con obras y palabras, en razón de su
unidad en la persona, unidad que es intrínsecamente histórica.
2. Fundamento bíblico de
esta enseñanza.
Las
obras de la Historia de la Salvación encierran un misterio que es su realidad
profunda y su sentido. El hecho posee un sentido que es explicitado por la
palabra, la cual hace comprensible su significado y permite comunicarlo.
En
primer lugar, consideremos el concepto de palabra ( en hebreo: dabar).
En su raíz implica que hay en Dios una energía que se quiere manifestar. Esta
manifestación puede ser verbal o por
acciones. Podemos decir que los hechos, que son reveladores, ya están
generados por una palabra que es activa
La
palabra es acompañada con el hecho, y ambas realidades configuran la naturaleza
y la estructura completa del acontecimiento revelador:
1) Antes del hecho, la palabra es profética, como palabra abierta y generando el hecho futuro.
2) Del mismo modo, la palabra puede ser mandato, que se trasforma en el hecho
al ser cumplido (la acción obediente se revela en su pleno sentido en la
palabra que manda, que es en la que se origina).
3) Las palabras
proclaman las obras ya realizadas, desentrañando su sentido salvador y
revelador.
4) Está la palabra que narra, que cuenta los hechos. Y esto no es casual, porque si la
salvación es historia, la forma connatural de interpretarla verbalmente es la
narración. El evangelio tiene como médula la narración de la muerte y
resurrección de Jesús.
5) La palabra que no solamente acompaña narrativamente
a los hechos sino que los explica,
desarrolla su sentido, haciéndose inteligencia de la historia.
3. Razones antropológicas.
La
vinculación Palabra-gesto es algo esencial a la existencia humana entendida
como abierta a la comunión (comunicación). Así, la palabra auténtica tiende a
la verificación en la vida (gestos). Pero
también, la acción auténtica exige el esclarecimiento de la palabra. Es
necesaria la apertura de la propia interioridad para que las acciones del
hombre en su significación se hagan comprensibles para los otros. Las razones
de esto son varias:
1) El
interior del hombre, que solo Dios ve, esta oculto para los demás; esa interioridad encierra la intención de
la acción exterior. La libertad y la incorporeidad de la intención del gesto,
pueden ocultar su sentido último, porque esa intención se encuentra en el
interior del hombre. Por tanto, hay estratos de sentido que solo la palabra
puede develar.
2)
También la originalidad que toda
acción tiene por emanar de la libertad; necesita de la palabra para aclarar su
sentido. Por ello una acción
exteriormente idéntica a otra puede expresar distinta intencionalidad.
La acción, repetida en cuanto a su materialidad, puede ser inédita en lo que se
refiere a su sentido. Finalmente, hay relaciones, como el amor de amistad, que
solamente en la palabra reveladora adquieren su verdadera fisonomía.
4. Razones teológicas.
Las
obras de Dios presentes en la historia manifiestan su dimensión verdaderamente
histórica por medio de la palabra, que viene a ser un elemento constitutivo
para que las obras salvíficas tengan una dimensión plenamente humana.
La
salvación se ofrece en la historia y por la historia, y precisamente se ofrece
como guía (no solo como verdad). Dios actúa en la historia, pero referido a la
libertad humana; y lo histórico humano necesariamente incluye la palabra,
porque expresa lo típicamente humano: la libertad.
En la
historia se da la entrega de Dios al hombre y, por tanto, a la libertad humana:
en este encuentro se da la salvación.
También
la palabra es exigida por la dinámica de la gracia, que opera con todas las
dimensiones del hombre.
Las
obras de Dios presentes en la historia, adquieren su dimensión verdaderamente
histórica por medio de la palabra. Por ejemplo, el milagro permanecería mudo si
no lo revelase una palabra. Incluso el mismo Jesucristo en su encarnación, si
no tuviéramos noticia de ella. Con esto no se afirma que la Historia de Salvación
sea solo palabra, sino que las obras de Dios están presentes históricamente
como tales cuando se les añade la palabra, no como algo exterior, sino como un
elemento constitutivo para la plena dimensión humana del hecho salvífico.
Esto
adquiere carácter propio y definitivo en Cristo, ya que en Él se expresa el
mismo Dios en una palabra humana que surge de la conciencia humana de Jesús.
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