lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuestión 9. Finalidad de la Revelación



FINALIDAD DE LA REVELACIÓN.[1]

   La vía de la finalidad es la tercera vía sugerida por el Con­cilio Vaticano I para llegar a la inteligencia de los misterios cristianos. Buscamos ahora la inteligibilidad del misterio en su causa final.
   Podemos considerar la revelación desde el punto de vista del hombre o desde el punto de vista de Dios. En perspectiva tcocéntrica, diremos que la revelación está ordenada a la gloria tic Dios; en perspectiva antropocéntrica, afirmaremos que está ordenada a la salvación del hombre. Pero es sólo cuestión de perspectiva, porque el hombre alcanza la salvación, glorificando a Dios; y, salvándose, glorifica a Dios.


I. LA REVELACIÓN ESTA ORDENADA A LA SALVACIÓN DEL HOMBRE
La revelación está ordenada a la fe, y la fe, a la salvación. La finalidad de la revelación, desde un punto de vista antropocéntrico, es la salvación del hombre; en términos más posi­tivos, la visión, la participación en la 


 
vida divina.
La revelación, insistamos en ello, es una operación esencial­mente salvífica. Dios no se reveló para satisfacer nuestra curio­sidad ni para aumentar nuestros conocimientos, sino para librar al hombre de la muerte del pecado y para darle la vida eterna. La palabra revelada por el Dios vivo, predicada y recibida con fe, engendra seres vivos, hijos de Dios, que participan en la vida de las tres divinas personas. Eliminar el carácter salvífico de la revelación sería privarla de una de sus dimensiones funda­mentales; sería dar la razón a los que acusan a los católicos de reducir la revelación a un conjunto de proposiciones que el espíritu humano aceptaría necesariamente.
La idea de salvación dirige y domina todo el Antiguo Testa­mento. Israel es el pueblo que Dios ha hecho suyo sacándo­lo de Egipto, del mar Rojo, del desierto y de los habitantes de Canaán. La revelación del nombre de Dios está vinculada a esta liberación. El mensaje de Moisés es a la par anuncio de la libera­ción y revelación del nombre liberador: ambos son inseparables. La proclamación del decálogo comienza con estas palabras: «Yo soy Yavé, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre» (Ex 20,1-2). El éxodo y el nombre divino son una sola cosa (Ex 3, 10-15). Recordar el nombre de Yavé es recordar el acontecimiento decisivo, la gracia capital de la liberación (Os 12,10; 13,4; Ez 20, 5-6; Lev 22, 33). Yavé será por siempre el Dios-que-salva, también el Dios que castiga, pero para que el hombre se salve y viva.[2] El sacrificio de la pascua (Ex 12, 1-14) es el memorial de la salvación, es decir del paso de Dios que salvó y que siempre salva. La esperanza mesiánica se enraiza, en general, en la fe en el Dios de la alianza que jamás abandona al pueblo elegido... La esperanza de un mesías personal se alimenta en la misma fuente, con esta pe­queña diferencia, que la promesa de Natán a David vincula la esperanza de Israel con David y su descendencia (2 Sam 7,16). A pesar de las infidelidades del pueblo y de sus jefes a las condi­ciones de la alianza, Yavé es fiel a ella; siempre está dispuesto a salvar. Mas, a medida que progresa la revelación, gana en profundidad la idea de salvación. Israel concibió al principio la salvación muy materialmente; la salvación era la victoria sobre los enemigos, la paz y la prosperidad. Pero, paulatina­mente, por influjo de los profetas y ante la desdicha, Israel llegó a comprender que la salud verdadera es la liberación del pecado y del mal en todas sus formas. La salvación anunciada por los profetas será una redención de los pecados (Is 44,22; 45,8; 53, 8). Dios hará una nueva alianza con el corazón purificado del hombre (Jer 24,7; Ez 36,23-28; Zac 13,9); todos los pue­blos tendrán parte en ella. La salvación será un acontecimiento de la historia, realizado por el ungido de Yavé que salvará a Israel, y mediante él, a toda la humanidad.
En Cristo se realiza el acontecimiento anunciado. En él se hace presente a la humanidad la bondad salvífica de Dios, hace alianza con todos los hombres y les da un corazón de hijos (Gal 4,6). Jesús significa Yavé-salvador o salvación de Yavé. Jesús es el Señor que nos trajo la salvación: es el salvador (Mt 1,21; Le 2,11. 30), y no hay otro nombre en el que poda­mos ser salvos (Hech 4, 12; Rom 10,9).
Según los sinópticos, la predicación de Cristo tiene por ob­jeto la instauración del reino de Dios. Este reino, inaugurado en la tierra por la predicación del evangelio (Me 1,14-15), por la liberación del pecado (Me 2,10-11; 14,24) y del reino de Satanás (Me 5,1-20; Mt 12, 28), por la fundación de la Iglesia (Mt 16, 18), alcanzará su máximo esplendor en los cielos donde los hombres, invitados al banquete eterno (Le 22,24-30; 12, 37; Me 10,43-45), condividirán la vida del Padre (Mt 25, 34-41). Cristo vino a llamar a los pecadores (Mt 9,13; Le 5, 32) y a salvar lo que estaba perdido (Le 4,18; Mt 9,12). Los que creen en la buena nueva y reciben el bautismo, alcan­zan la salvación: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere, se condenará» (Me 16,15-16). Este ver­sículo indica claramente la finalidad de la revelación: el evan­gelio está ordenado a la fe, y la fe a la salvación.
Según los Hechos, los apóstoles dan testimonio de la obra de salvación realizada por la muerte y resurrección de Cristo (Hech 5, 30; 10, 39-40). El objeto de su predicación es la salva­ción traída por Cristo (Hech 4,12; 10,36; 11,14; 13,26.47; 15,11; 16, 17. 30. 31), olvida (Hech 3,15; 5,20; 11,18; 13, 46. 48). De ahí provienen expresiones como éstas: «estas pala­bras de vida» (Hech 5,20), el «mensaje de salud» (Hech 13, 26), el «evangelio de la gracia» (Hech 20,24). Cristo es el «príncipe de la vida» (Hech 3,15), el «salvador» (Hech 5, 31; 13,23). Fuera de él no hay salvación posible (Hech 4,12; 5, 31 ; 10,43). Anunciar a Cristo o el evangelio es la misma cosa. Se salvan todos los que aceptan con fe la palabra del evangelio y reciben el bautismo (Hech 2,41; 18,8).
El tema central de la carta a los romanos es la salvación ofrecida a los hombres mediante la /e en el evangelio. El evan­gelio es «poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego» (Rom 1,16). La palabra de Dios en el Antiguo Testamento obra la salvación (Is 40, 8; 44, 26-28; 55,10-11). Y san Pablo, en el Nuevo Testamento, vincula también la salvación a la energía divina de la palabra que él debe predicar (Rom 1,16), porque en el evangelio se manifiesta la justicia de Dios, es decir su voluntad misericor­diosa, fiel a sus promesas de salvación. San Pablo afirma que sólo en el evangelio se manifiesta en su plena luz esta justicia dinámica que está ordenada a reestablecer el orden en el mundo turbado por el pecado, y cuyos efectos se apropia el hombre mediante la fe (Rom 1, 17).[3] El cristianismo no es una metafísi­ca abstracta, sino una historia de salvación, ordenada según un plan divino. La carta a los efesios nos da una visión extraordi­naria de la irradiación de este plan divino. Dios, en su amor infi­nito, constituyó a Cristo único principio de salvación para ju­díos y gentiles. Este designio, oculto al principio en Dios como un secreto, revelado y notificado después a los hombres, es esen­cialmente un plan salvífico, porque nos hará hijos del Padre, coherederos con Cristo (Ef 1, 5-10; 3,6; Col 1, 25-28; Rom 16, 25-27). Los efesios, que oyeron «la palabra de verdad, el evan­gelio de nuestra salvación» y que «creyeron» (Ef 1, 13), reci­bieron el Espíritu, «prenda de nuestra herencia» (Ef 1, 14). Cristo es esencialmente el mediador y salvador que reconcilia a los hombres con Dios (Rom 4, 25; 2 Cor 5, 18-20; Gal 4, 4-6). La palabra es, pues, según san Pablo, palabra de «reconcilia­ción» (2 Cor 5, 20).
Podemos enunciar así el tema central del evangelio y de las cartas de san Juan: el Hijo del Padre se encarnó para revelar y1 comunicar a los hombres la vida eterna; con este nombre designa Juan la salvación. «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna pues Dios no ha en­viado su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Jn 3, 16-18). Lo esencial del testi­monio de Dios o de la revelación es esto: «Y el testimonio es que Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Por Cristo, Hijo y palabra, el Padre nos enseña el camino que conduce a la vida, porque Cristo es la luz (Jn 9, 5; 12, 35-36) y el camino que lleva a la vida (Jn 14,6; 12, 50). Dios invita a los hombres a escuchar y guardar la pala­bra del Hijo. Mediante la fe en la palabra alcanzarán la vida eterna (Jn 12,46-50). Cristo es el buen pastor que da la vida eterna a las ovejas que escuchan su voz (Jn 10,27-28).
El magisterio de la Iglesia repite, a veces con idénticos tér­minos, la doctrina de la Escritura. El Concilio de Letrán declara que la Santísima Trinidad «dio al género humano la doctrina saludable» y que Cristo nos «mostró más claramente el camino de la vida»4. El Concilio de Trento, citando explícitamente Me 16,15-16, afirma que el evangelio es «fuente de toda salu­dable verdad». Por la fe, añade, creemos «que es verdad lo que ha sido divinamente revelado y prometido y, en primer lugar, que Dios, por medio de su gracia, justifica al impío, por medio de la redención, que está en Cristo Jesús». El Concilio Vati­cano I afirma que la revelación es «absolutamente necesaria», porque Dios, «por su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir a participar bienes divinos que sobre­pujan totalmente la inteligencia de la mente humana». Dios quiso hacer del hombre un hijo suyo adoptivo, llamado a parti­cipar en la vida de la Trinidad; pero, como quiera que el hombre es un ser dotado de inteligencia y voluntad, Dios le dio a conocer su designio salvífico, para que éste, consciente y libremente, eligiese su condición de hijo y tuviese libre acceso a la visión.[4] La intención salvífica de la revelación se colige no sólo de las declaraciones explícitas de la Escritura y del magisterio de la Iglesia, sino también de dos consideraciones que esbozaremos a continuación, pero que ya hemos desarrollado en los capítulos anteriores:
1.° la intención salvifica aparece ya en el hecho mis­mo de la revelación o de la palabra de Dios dirigida a la huma­nidad. Por la revelación, Dios viene al encuentro de una criatura, de una criatura pecadora. Este gesto de Dios no puede significar sino amistad y salvación. El Dios que habla es ya el Dios-que-está-con-nosotros, el Dios con poder salvífico. La revelación, antes   de  ser  mensaje  distinto,  es   acontecimiento   salvador.
2.° El mensaje, que acompaña al acontecimiento salvador, mani­fiesta más aún la finalidad salvífica de la revelación. En efecto, los misterios esenciales que Dios nos revela, son la Trinidad, la encamación y nuestra filiación divina. Al revelarnos la Trinidad, Dios nos inicia en los secretos de su vida íntima. Esta iniciación es ya en sí misma manifestación increíble de amistad, en orden a la participación en la vida divina. La revelación de la encarna­ción nos manifiesta en Cristo, Verbo encarnado, la economía de amor elegida por Dios, para comunicarnos la vida divina. Por último, la revelación de nuestra filiación divina nos indica la naturaleza de esa comunicación: es participación de la cria­tura en la vida de las personas divinas. Dios reengendra en nosotros su propio Hijo y nos inspira su propio Espíritu. Esta elevación de la criatura hasta el seno y el corazón de Dios es esencialmente un misterio de salvación, porque la hace parti­cipar en la naturaleza de Dios. Si el hombre se adhiere por la fe al misterio revelado y vive una vida de hijo, inspirado por el Espíritu común del Padre y del Hijo, realiza su salvación y glo­rifica a Dios.

II. LA REVELACIÓN ESTA ORDENADA A LA GLORIA DE DIOS
La gloria de Dios es, en efecto, el fin último de la revelación. Tanto en su forma activa como en su forma realizada, la revela­ción está ordenada a la gloria de Dios.
En la oración sacerdotal, Cristo dice así a su Padre: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra Que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). Después añade: «He mani­festado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). Cristo vino a este mundo para manifestar la persona (Jn 17, 3), la doctrina (Jn 7, 16), las palabras del Padre (Jn 17,8). «Dio testimonio» del Padre (Jn 18, 37), «dio a conocer su nombre» (Jn 17,26). Para Cristo, pues, dar testimonio del Padre, revelar su nombre, mani­festar su nombre, es glorificarle. A su vez los apóstoles, después de oír las palabras y el testimonio de Cristo, creyeron en él: «Porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron, y conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado» (Jn 17, 8). Por esto puede Cristo decir a su Padre: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). En'Cristo y los apóstoles la revelación cumple plena­mente su fin. Cristo, en cuanto revelador, glorificó al Padre, por­que manifestó a los hombres el designio de gracia del Padre; por otra parte, los apóstoles glorificaron a Cristo y al Padre, porque reconocieron el don de la revelación y de la salvación en Cristo y creyeron. «Yo he sido glorificado en ellos» (Jn 17,10).
La gloria de Dios es, en primer lugar, Dios mismo en la perfección de su ser y en la irradiación de su perfección. Esta perfección se difunde ante todo en la Trinidad y se comu­nica después a las criaturas, según órdenes y grados distintos de participación. El universo manifiesta a su modo el poder, la sabiduría y la majestad del creador. El hombre, por su cono­cimiento y amor, fue creado a imagen de Dios en la infinita perfección de su inteligencia y de su voluntad. La revelación de la Trinidad, de la encarnación y de nuestra filiación, mani­fiesta de modo más sublime aún la infinita caridad de Dios.
La gloria de Dios, vista desde la criatura espiritual, significa que ésta reconoce la excelencia de Dios y de sus dones. Los hombres están invitados a glorificar a Dios que se manifestó en la creación, y a darle gracias (Sab 13,1-9; Rom 1,18-21). Pero deben glorificar más aún a Dios en su obra de gracia, es decir en su eterno designio salvífico. La carta a los efesios enumera en densísimas estrofas, llenas de gratitud y admiración, los dones de la salvación: predestinación, filiación, redención, revelación, elección de Israel, vocación de los gentiles. Todos estos dones de Dios, incluso el de la revelación, están ordenados, como in­sistentemente repite san Pablo, «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6.12. 14).
Una vez más, es Cristo el perfecto glorificador del Padre. El himno de jubilación (Mt 11,25-27; Le 10,17-22) es un canto de acción de gracias de Cristo al Padre por ser el Hijo unigénito, el único que condivide con el Padre su intimidad, y al mismo tiempo por ser aquel en quien el Padre abre a los pe­queños las insondables riquezas de su intimidad. La acción de gracias de Cristo nace de la visión de la generosidad del Padre que revela y comunica a los pequeños las riquezas de su vida. Consiste en reconocer la generosidad del Padre y en revelar el Padre a los pequeños para hacer de ellos hijos capaces de reco­nocer a su vez al Padre y de darle gracias en tono filial: «Abba, Padre» (Gal 4, 6). Al reconocer y amar así a Dios, los hombres participan en la perfección de Dios que es verdad y amor: glori­fican a Dios.
María glorifica al Señor, porque acepta con fe obediente la palabra del ángel (Le 1, 27) y reconoce que el Señor hizo en ella maravillas (Le 1,49). La acción de gracias es, en san Pablo, la actitud habitual y espontánea del alma: «Doy continuamente gracias a Dios» (1 Cor 1,4; Ef 1,16; Col 1,3; 1 Tes 1,2; 2 Tes 1,3). San Pablo da gracias a Dios porque nos eligió en Cristo para ser salvos (2 Tes 2, 13; 1 Cor 1, 4-5). Da también gracias a Dios, porque los fieles de sus iglesias, los tesalonicenses y los efesios, al oír la palabra de verdad, el evangelio de la salva­ción, creyeron en él (1 Tes 2,13; Ef 1,13). El cristiano glorifica a Dios, creyendo en la salvación y viviendo en conformidad con su fe. El hombre glorifica a Dios por la fe, que es comunión del espíritu del hombre con el pensamiento de Dios, y por la caridad, que lleva al corazón del hombre el amor de Dios. El hombre realiza la finalidad última de la revelación — partici­pación del hombre en la perfección de la vida trinitaria —, vi­viendo una vida fe de hijo en conformidad con el designio del Padre revelado por el Hijo. El hombre glorifica así a Dios y al mismo tiempo se salva; porque viviendo plenamente la vida de hijo, alcanza la salvación, que es también la gloria de Dios.




[1] Capítulo 24 de: R. Latourelle, Teología de la Revelación, Sígueme, Salamanca, 1967.
[2] G. Auzou, De la servitude au service. Paris 1961, 124.
[3] A. Feuillet, Le plan salvifiquc de Dieu dans I'¿pitre aux Romains: RB 57 (1950) 338-340; S. Lyonnet, L'histoire du salut selon le chapitre Vil de Vé pitre aux- Romains: Bibl 43 (1962) 117-151.
[4] La consideración de la finalidad de la revelación nos lleva a considerar también su necesidad. En efecto, si Dios decreta la elevación del hombre a un fin sobrenatural, la revelación de ese fin y de los medios para alcan­zarlo, parece necesaria. El hombre, criatura inteligente y libre, debe tender a su fin conociéndolo y queriéndolo. Ahora bien, ese fin, por ser sobrenatural, supera absolutamente las fuerzas y exigencias de la naturaleza creada. El único medio que posee el hombre, para llegar al conocimiento de ese fin y de los medios para conseguirlo, es la revelación. No sucede así con las verdades religiosas del orden natural. El hombre puede conocerlas por sí mismo, ya que tiene para ello capacidad natural (D 1807, 1782, 1795, 2305). Sin embargo, la revelación de esas verdades es moralmente necesaria para que el hombre, «en la presente condición del género humano», pueda cono­cerlas «de modo fácil, con firme certeza y sin mezcla de error»: D 1789.

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