FINALIDAD
DE LA REVELACIÓN.[1]
La vía de la finalidad es la
tercera vía sugerida por el Concilio Vaticano I para llegar a la inteligencia
de los misterios cristianos. Buscamos ahora la inteligibilidad del misterio en
su causa final.
Podemos considerar la
revelación desde el punto de vista del hombre o desde el punto de vista de
Dios. En perspectiva tcocéntrica, diremos que la revelación está ordenada a la
gloria tic Dios; en perspectiva antropocéntrica, afirmaremos que está ordenada
a la salvación del hombre. Pero es sólo cuestión de perspectiva, porque el
hombre alcanza la salvación, glorificando a Dios; y, salvándose, glorifica a
Dios.
I. LA REVELACIÓN ESTA ORDENADA A LA SALVACIÓN DEL
HOMBRE
La
revelación
está ordenada a la fe, y la fe, a la salvación. La finalidad de la revelación,
desde un punto de vista antropocéntrico, es la salvación del hombre; en términos
más positivos, la visión, la participación en la
vida divina.
vida divina.
La revelación, insistamos en ello, es una operación esencialmente salvífica.
Dios no se reveló para satisfacer nuestra curiosidad ni para aumentar nuestros conocimientos, sino
para librar al hombre de la muerte del
pecado y para darle la vida eterna. La palabra revelada por el Dios
vivo, predicada y recibida con fe, engendra
seres vivos, hijos de Dios, que participan en la vida de las tres
divinas personas. Eliminar el carácter salvífico de la revelación sería privarla de una de sus dimensiones fundamentales; sería dar la razón a los que acusan a los
católicos de
reducir la revelación a un conjunto de proposiciones que el espíritu humano aceptaría
necesariamente.
La idea de salvación dirige y domina
todo el Antiguo Testamento. Israel es el pueblo que Dios ha hecho suyo
sacándolo
de Egipto, del mar Rojo, del desierto y de los habitantes de Canaán. La
revelación del nombre de Dios está vinculada a esta liberación. El mensaje de
Moisés es a la par anuncio de la liberación y revelación del nombre liberador:
ambos son inseparables. La proclamación del decálogo comienza con estas palabras:
«Yo soy Yavé, tu Dios, que te ha sacado
de la tierra de Egipto, de la casa de la
servidumbre» (Ex 20,1-2). El éxodo y el nombre divino son una sola cosa (Ex 3,
10-15). Recordar el nombre de Yavé es
recordar el acontecimiento decisivo, la gracia capital de la liberación (Os 12,10; 13,4; Ez 20, 5-6; Lev
22, 33). Yavé será por siempre el
Dios-que-salva, también el Dios que castiga, pero para que el hombre se salve y viva.[2] El
sacrificio de la pascua (Ex 12, 1-14)
es el memorial de la salvación, es decir del paso de Dios que salvó y que siempre salva. La esperanza mesiánica se enraiza, en general, en la fe en el
Dios de la alianza que jamás abandona
al pueblo elegido... La esperanza de un mesías personal se alimenta en la misma fuente, con esta pequeña diferencia, que la promesa de Natán a David
vincula la esperanza de Israel con David y su descendencia (2 Sam 7,16).
A pesar de las infidelidades del pueblo y
de sus jefes a las condiciones de la
alianza, Yavé es fiel a ella; siempre está dispuesto a salvar. Mas, a medida que progresa la
revelación, gana en profundidad la
idea de salvación. Israel concibió al principio la salvación muy materialmente; la salvación era la victoria sobre los enemigos, la paz y la prosperidad. Pero,
paulatinamente, por influjo de los
profetas y ante la desdicha, Israel llegó a comprender que la salud verdadera
es la liberación del pecado y del mal
en todas sus formas. La salvación anunciada por los profetas será una redención de los pecados (Is
44,22; 45,8; 53, 8). Dios hará una
nueva alianza con el corazón purificado del hombre (Jer 24,7; Ez 36,23-28; Zac
13,9); todos los pueblos tendrán parte en ella. La salvación será un
acontecimiento de la historia, realizado por
el ungido de Yavé que salvará a Israel,
y mediante él, a toda la humanidad.
En Cristo se
realiza el acontecimiento anunciado. En él se hace
presente a la humanidad la bondad salvífica de Dios, hace alianza con todos los hombres y les da un corazón
de hijos (Gal 4,6). Jesús significa
Yavé-salvador o salvación de Yavé. Jesús
es el Señor que nos trajo la salvación: es el salvador (Mt 1,21; Le 2,11. 30), y no hay otro nombre en el
que podamos ser salvos (Hech 4, 12;
Rom 10,9).
Según
los sinópticos, la predicación de Cristo tiene por objeto la
instauración del reino de Dios. Este reino, inaugurado en la tierra por la
predicación del evangelio (Me 1,14-15), por la liberación del pecado (Me
2,10-11; 14,24) y del reino de Satanás
(Me 5,1-20; Mt 12, 28), por la fundación de la Iglesia (Mt 16, 18), alcanzará su máximo esplendor en los cielos donde los hombres, invitados al banquete eterno (Le
22,24-30; 12, 37; Me 10,43-45),
condividirán la vida del Padre (Mt 25, 34-41).
Cristo vino a llamar a los pecadores (Mt 9,13; Le 5, 32) y a salvar lo que estaba perdido (Le 4,18; Mt
9,12). Los que creen en la buena nueva y reciben el bautismo, alcanzan
la salvación: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado,
se salvará, mas el que no creyere,
se condenará» (Me 16,15-16). Este versículo indica claramente la finalidad de
la revelación: el evangelio está
ordenado a la fe, y la fe a la salvación.
Según los Hechos, los
apóstoles dan testimonio de la obra de salvación realizada por la muerte y resurrección de Cristo (Hech 5, 30; 10, 39-40). El objeto de su
predicación es la salvación
traída por Cristo (Hech 4,12;
10,36; 11,14; 13,26.47; 15,11; 16,
17. 30. 31), olvida (Hech 3,15; 5,20; 11,18; 13, 46. 48). De ahí provienen expresiones como éstas:
«estas palabras de vida» (Hech
5,20), el «mensaje de salud» (Hech 13, 26),
el «evangelio de la gracia» (Hech 20,24). Cristo es el «príncipe de la vida»
(Hech 3,15), el «salvador» (Hech 5, 31; 13,23). Fuera de él no hay salvación posible (Hech 4,12; 5, 31 ; 10,43). Anunciar a Cristo o el evangelio es la
misma cosa. Se salvan todos los que aceptan con fe la palabra del
evangelio y reciben el bautismo (Hech 2,41;
18,8).
El tema central de la carta a los romanos es la salvación ofrecida a los
hombres mediante la /e en el evangelio. El evangelio es «poder de Dios para la
salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego» (Rom 1,16).
La palabra de Dios en el Antiguo
Testamento obra la salvación (Is 40, 8; 44, 26-28; 55,10-11). Y san
Pablo, en el Nuevo Testamento, vincula también la salvación a la energía divina de
la palabra que
él debe predicar (Rom 1,16), porque en el evangelio se manifiesta la justicia
de Dios, es decir su voluntad misericordiosa, fiel a sus promesas de
salvación. San Pablo afirma que sólo en el evangelio se manifiesta en su plena
luz esta justicia dinámica
que está ordenada a reestablecer el orden en el mundo turbado por el
pecado, y cuyos efectos se apropia el hombre mediante la fe (Rom 1, 17).[3] El
cristianismo no es una metafísica abstracta, sino una historia de salvación,
ordenada según un plan divino. La carta a los efesios nos da una visión
extraordinaria
de la irradiación de este plan divino. Dios, en su amor infinito, constituyó a
Cristo único principio de salvación para judíos y gentiles. Este designio,
oculto al principio en Dios como un secreto, revelado y notificado después a
los hombres, es esencialmente un plan salvífico, porque nos hará hijos
del Padre, coherederos con Cristo (Ef 1, 5-10; 3,6; Col 1, 25-28; Rom 16, 25-27). Los
efesios, que oyeron «la palabra de verdad, el evangelio de nuestra salvación» y
que «creyeron» (Ef 1, 13), recibieron el Espíritu, «prenda de nuestra
herencia» (Ef 1, 14). Cristo es esencialmente el mediador y salvador que
reconcilia a
los hombres con Dios (Rom 4, 25; 2 Cor 5, 18-20; Gal 4, 4-6). La palabra es,
pues, según san Pablo, palabra de «reconciliación» (2 Cor 5, 20).
Podemos
enunciar así
el tema central del evangelio y de las cartas de san Juan: el Hijo del
Padre se encarnó para revelar y1 comunicar a los hombres la vida
eterna; con este nombre designa Juan la salvación. «Porque tanto amó Dios al
mundo, que
le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino
que tenga la vida eterna pues Dios no ha enviado su Hijo al mundo para que
juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que cree en él no
es juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo
de Dios» (Jn 3, 16-18). Lo esencial del testimonio de Dios o de la revelación
es esto: «Y el testimonio es que Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida
está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Por
Cristo, Hijo y palabra, el Padre nos enseña el camino que
conduce a la vida, porque Cristo es la luz (Jn 9, 5; 12, 35-36) y el
camino que lleva a la vida (Jn 14,6; 12, 50). Dios invita a los
hombres a escuchar y guardar la palabra del Hijo. Mediante la fe en
la palabra alcanzarán la vida eterna (Jn 12,46-50). Cristo es el buen pastor que
da la vida eterna
a las ovejas que escuchan su voz (Jn 10,27-28).
El magisterio de la Iglesia repite, a veces con idénticos términos, la doctrina
de la Escritura. El Concilio de Letrán declara que la Santísima Trinidad «dio
al género humano la doctrina saludable» y que Cristo nos «mostró más claramente
el camino de
la vida»4. El Concilio de Trento, citando explícitamente Me 16,15-16, afirma
que el evangelio es «fuente de toda saludable verdad». Por la
fe, añade, creemos «que es verdad lo que ha sido divinamente revelado y
prometido y, en primer lugar, que Dios, por medio de su gracia, justifica al
impío, por medio de
la redención, que está en Cristo Jesús». El Concilio Vaticano I afirma que la
revelación es «absolutamente necesaria», porque Dios, «por su infinita
bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir a participar bienes
divinos que sobrepujan
totalmente la inteligencia de la mente humana». Dios quiso hacer del hombre un hijo
suyo adoptivo, llamado a participar en la vida de la Trinidad; pero, como
quiera que el hombre es un ser dotado de inteligencia y voluntad, Dios le
dio a conocer su designio salvífico, para que
éste, consciente y libremente, eligiese
su condición de hijo y tuviese libre acceso a la visión.[4] La intención salvífica de la revelación se colige no sólo de las
declaraciones explícitas de la Escritura y del magisterio de la Iglesia, sino también de dos consideraciones que
esbozaremos a continuación, pero que ya hemos desarrollado en los
capítulos anteriores:
1.° la intención salvifica
aparece ya en el hecho mismo de la revelación o
de la palabra de Dios dirigida a la humanidad. Por la revelación, Dios
viene al encuentro de una criatura, de una criatura pecadora. Este gesto de Dios no puede significar sino amistad y salvación. El Dios que habla es ya
el Dios-que-está-con-nosotros, el Dios
con poder salvífico. La revelación, antes de
ser mensaje distinto,
es acontecimiento salvador.
2.° El mensaje, que
acompaña al acontecimiento salvador, manifiesta más aún la finalidad
salvífica de la revelación. En efecto, los misterios esenciales que Dios nos
revela, son la Trinidad, la encamación y nuestra filiación divina. Al revelarnos
la Trinidad, Dios nos inicia en los
secretos de su vida íntima. Esta iniciación es
ya en sí misma manifestación increíble de amistad, en orden a la
participación en la vida divina. La revelación de la encarnación nos manifiesta en Cristo, Verbo encarnado, la
economía de amor elegida por Dios, para comunicarnos la vida divina. Por último, la revelación de nuestra filiación
divina nos indica la naturaleza de esa comunicación: es participación de la
criatura en la vida de las personas
divinas. Dios reengendra en nosotros
su propio Hijo y nos inspira su propio Espíritu. Esta elevación de la criatura hasta el seno y el
corazón de Dios es esencialmente un
misterio de salvación, porque la hace participar en la naturaleza de Dios. Si
el hombre se adhiere por la fe al
misterio revelado y vive una vida de hijo, inspirado por el Espíritu común del Padre y del Hijo, realiza su
salvación y glorifica a Dios.
II. LA REVELACIÓN ESTA ORDENADA A LA GLORIA DE DIOS
La gloria de Dios es, en efecto, el fin último de la revelación. Tanto en su forma
activa como en su forma realizada, la revelación está ordenada a la gloria
de Dios.
En la oración sacerdotal, Cristo dice así a su Padre: «Yo te he glorificado sobre
la tierra llevando a cabo la obra Que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). Después
añade: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). Cristo vino
a este mundo para manifestar
la persona (Jn 17, 3), la doctrina (Jn 7, 16),
las palabras del Padre (Jn 17,8). «Dio testimonio» del Padre (Jn 18,
37), «dio a conocer su nombre» (Jn 17,26). Para Cristo, pues, dar testimonio del Padre, revelar su nombre, manifestar su nombre, es glorificarle. A su
vez los apóstoles, después de oír las palabras y el testimonio de
Cristo, creyeron en él: «Porque yo les he comunicado las palabras que tú me
diste, y ellos ahora las recibieron, y
conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado»
(Jn 17, 8). Por esto puede Cristo
decir a su Padre: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). En'Cristo y los apóstoles la
revelación cumple plenamente su fin. Cristo, en cuanto revelador, glorificó al
Padre, porque manifestó a los hombres
el designio de gracia del Padre; por
otra parte, los apóstoles glorificaron a Cristo y al Padre, porque reconocieron el don de la revelación y de
la salvación en Cristo y creyeron. «Yo he sido glorificado en ellos» (Jn
17,10).
La
gloria de Dios es, en primer lugar, Dios mismo en la perfección de su ser y en la irradiación de su perfección. Esta perfección se
difunde ante todo en la Trinidad y se comunica después a las criaturas,
según órdenes y grados distintos de participación. El universo manifiesta a su
modo el poder, la
sabiduría y la majestad del creador. El hombre, por su conocimiento y amor, fue
creado a imagen de Dios en la infinita perfección de su
inteligencia y de su voluntad. La revelación de la Trinidad, de la encarnación y de nuestra
filiación, manifiesta de modo más sublime aún la infinita caridad de Dios.
La gloria de Dios, vista desde la criatura espiritual, significa que
ésta reconoce la excelencia de Dios y de
sus dones. Los hombres están invitados a glorificar a Dios que se manifestó en la creación, y a darle gracias (Sab 13,1-9; Rom
1,18-21). Pero deben glorificar más
aún a Dios en su obra de gracia, es decir en su eterno designio salvífico. La carta a los efesios enumera en densísimas estrofas, llenas de gratitud y admiración,
los dones de la salvación:
predestinación, filiación, redención, revelación, elección de Israel, vocación de los gentiles.
Todos estos dones de Dios, incluso el
de la revelación, están ordenados, como insistentemente repite san Pablo,
«para alabanza de la gloria de su gracia»
(Ef 1,6.12. 14).
Una vez más,
es Cristo el perfecto glorificador del Padre. El himno de jubilación (Mt
11,25-27; Le 10,17-22) es un canto de acción de gracias de Cristo al Padre por
ser el Hijo unigénito,
el único que condivide con el Padre su intimidad, y al mismo tiempo por ser aquel
en quien el Padre abre a los pequeños las insondables riquezas de su
intimidad. La acción de gracias
de Cristo nace de la visión de la generosidad del Padre que revela y comunica a los pequeños las riquezas de su vida. Consiste en reconocer la generosidad del Padre y
en revelar el Padre a los pequeños
para hacer de ellos hijos capaces de reconocer a su vez al Padre y de darle
gracias en tono filial: «Abba, Padre»
(Gal 4, 6). Al reconocer y amar así a Dios, los hombres participan en la perfección de Dios que es verdad
y amor: glorifican a Dios.
María
glorifica al Señor, porque acepta con fe obediente la palabra del ángel (Le 1,
27) y reconoce que el Señor hizo en ella maravillas (Le 1,49). La acción
de gracias es, en san Pablo, la actitud habitual y espontánea del alma: «Doy
continuamente gracias
a Dios» (1 Cor 1,4; Ef 1,16; Col 1,3; 1 Tes 1,2; 2 Tes 1,3). San Pablo da
gracias a Dios porque nos eligió en Cristo para ser salvos (2 Tes 2, 13; 1 Cor 1,
4-5). Da también gracias
a Dios, porque los fieles de sus iglesias, los tesalonicenses y los efesios, al
oír la palabra de verdad, el evangelio de la salvación, creyeron en él (1 Tes
2,13; Ef 1,13). El cristiano glorifica a Dios, creyendo en la salvación
y viviendo en conformidad con su fe. El
hombre glorifica a Dios por la fe, que es comunión del espíritu del
hombre con el pensamiento de Dios, y por la caridad, que lleva al
corazón del hombre el amor de Dios. El hombre realiza la finalidad última de la
revelación — participación del hombre en la perfección de la vida
trinitaria —, viviendo una vida fe de hijo en conformidad con el designio del Padre revelado por
el Hijo. El hombre glorifica así a Dios y al mismo tiempo se salva; porque
viviendo plenamente la vida de hijo, alcanza la salvación, que es también la gloria
de Dios.
[1] Capítulo 24 de: R.
Latourelle, Teología de la Revelación,
Sígueme, Salamanca, 1967.
[2] G. Auzou, De la servitude au service. Paris 1961, 124.
[3] A. Feuillet, Le plan salvifiquc de Dieu dans
I'¿pitre aux Romains: RB 57 (1950) 338-340; S. Lyonnet, L'histoire du
salut selon le chapitre Vil de Vé pitre aux- Romains: Bibl 43 (1962)
117-151.
[4] La
consideración de la finalidad de la revelación nos lleva a considerar también
su necesidad. En efecto, si Dios decreta la elevación del hombre a un fin
sobrenatural, la revelación de ese fin y de los medios para alcanzarlo, parece
necesaria. El hombre, criatura inteligente y libre, debe tender a su fin
conociéndolo y queriéndolo. Ahora bien, ese fin, por ser sobrenatural, supera
absolutamente las fuerzas y exigencias de la naturaleza creada. El único medio que
posee
el hombre, para llegar al conocimiento de ese fin y de los medios para
conseguirlo, es la revelación. No sucede así con las verdades religiosas del orden
natural. El hombre puede conocerlas por sí mismo, ya que tiene para ello
capacidad natural (D 1807, 1782, 1795, 2305). Sin embargo, la revelación de esas verdades es moralmente necesaria
para que el hombre, «en la
presente condición del género humano», pueda conocerlas «de modo fácil, con firme certeza y sin mezcla de error»: D 1789.
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