Los
rasgos originales e incomparables de Jesús de Nazareth.[1]
El filósofo contemporáneo Karl Jaspers
escribió un libro en el cual habla de: “Los hombres
decisivos: Sócrates, Buda, Confucio, Jesús.”
Pero si los analizamos, vemos que ninguno de ellos se manifiesta como
“Hijo de Dios”, ni siquiera como un enviado de Dios.
Sócrates fue un hombre muy sabio que poseyó conocimientos
profundos sobre la persona humana. Bajo los estratos del saber superficial o
sólo aparente de otros y de sí mismo pudo poner al descubierto la profunda
ignorancia de la persona que distingue a ésta de lo divino; y ello en virtud
de una inspiración sobrenatural, que le permitía detectar lo recto y
verdadero. Se podría llegar a decir que fue una especie de “profeta”, fuera de
la Revelación bíblica. Pero él nunca afirmó de sí mismo que fuera otra cosa que
un “filósofo”: justamente es él quien inventa esta palabra, y que podría
traducirse como: “uno que ama y busca la sabiduría”... pero no la tiene
completamente (con este concepto criticaba a los “sofistas”: los que se
llamaban a sí mismos “sabios” y –muchas veces– no eran más que charlatanes). Es
más: la frase más conocida de Sócrates es: “lo único que sé, es que no sé
nada”. Con todo lo cual, vemos que Sócrates no intenta siquiera formar una
religión natural, ni nada parecido.
Buda tampoco tiene
pretensiones divinas, ni quiere fundar una religión. Ni siquiera habla de
Dios... mucho menos, se le ocurre afirmar que él sea Dios, o su enviado suyo.
Lo que al Buda lo obsesiona es el problema del dolor humano, y propone un
camino de autodisciplina y espiritualidad para huir de la experiencia del
dolor. El Buda es tan solo un ejemplo, un guía y un maestro para aquellos seres
que deben recorrer la senda por su cuenta y lograr el despertar espiritual. El
sistema budista de filosofía y práctica meditativa no fue una revelación
divina, sino más bien una “iluminación espiritual” (“buda” significa
“iluminado”). El Buda propone “cuatro nobles verdades” que quieren conducir a
la persona a un estado de “nirvana” (“apagamiento”: nirvana procede de nirvuto:
“apagado”), estado en el cual, la persona ya no sufre, pues se ha fundido con
el Absoluto y ha desaparecido definitivamente en ese Absoluto.
Confucio, por su
parte fue una especie de ministro de Justicia, que quiere establecer una
sociedad justa basada en principios filosófico-políticos. Se planteó cambiar
las costumbres de China por lo que realizó una intensa campaña educativa,
complementada con la escritura y edición de cuatro libros de carácter moral con
los que muestra el camino de la sabiduría y la moderación. Consiguió un buen
número de adeptos que extendieron sus ideas. El sistema filosófico-político
planteado por Confucio está basado en la necesidad del estudio de los textos
canónicos y en la bondad, medios imprescindibles para el perfeccionamiento
moral del individuo. Por lo cual, Confucio es fundador de un sistema ético –no
religioso– basado sobre la justicia y la
convivencia en armonía. Lejos de la mística y de las creencias religiosas, el
confucionismo se propone como una filosofía práctica, como un sistema de
pensamiento orientado hacia la vida y destinado al perfeccionamiento de uno
mismo. El objetivo, en último término, no es la "salvación", sino la
sabiduría y el autoconocimiento.
Al contrario de
todos los anteriores, Jesús afirmó de sí mismo que era el Hijo de Dios y Dios
mismo (cf. Mt 22, 41–46); se adjudica también ese carácter divino al modificar
la ley de Dios (que sólo Dios, entonces puede modificar) (cf. Mt 5, 21–48); y
también se atribuye a sí mismo el poder divino de perdonar los pecados, cosa
nunca vista en el mundo, ni siquiera en el Antiguo Testamento (allí, los más
grandes hombres –Abraham, Moisés, Elías– no sólo no pretenden tener ese poder,
sino que piden perdón a Dios por sus propios pecados).
Además, sólo de
Jesús se afirma que resucitó y, como veremos en el punto 2.3. del programa,
podemos tener un acceso indirecto, pero convincente, a la realidad de su
resurrección.
[1] A. Leonard, Razones para creer, Herder, Barcelona, 1990; pp. 92-111 (capítulo
6: la figura incomparable de Jesús).
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